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domingo, 29 de septiembre de 2013

La Casa Winter


Casa Winter, Fuerteventura

La Casa Winter o Villa Winter está situada en la localidad de Cofete, en la isla canaria de Fuerteventura, frente a la cordillera que atraviesa la península de Jandía. La villa actual está diseñada encima de otra villa que fue construida en 1893 en la Selva Negra por el ingeniero Gustav Winter.
Gustav Winter trabajó para España desde 1915 y se destacó por sus muchos proyectos en Fuerteventura y Gran Canaria.
La villa fue renovada en 1985 y probablemente esperaban hacer de ella un restaurante o un hotel, algo que aún resulta dudoso. En la zona ha levantado mucha polémica y es objeto de numerosos cuentos y leyendas: está construida en terrenos que tienen exactamente la misma forma y en proporción el mismo tamaño que la isla. Además, su posición en estos terrenos casa perfectamente con la posición real de Fuerteventura.
Se ha dicho que sirvió como base de aprovisionamiento para la flota de submarinos nazis durante la Segunda Guerra Mundial, aunque puede decirse que ello resulta materialmente imposible, por la escasa profundidad de las aguas en la zona. Esta leyenda se mezcla con otras tan inverosímiles, como que pudo ser disfrutada para fiestas por oficiales nazis durante la guerra (realmente, la casa nunca llegó a acabarse) o que (lo cual sería incluso más razonable) podría haber servido como morada de algún alto cargo alemán huido tras la contienda, al amparo del cobijo que le dispensarían los militares españoles, aún bastante cercanos a los regímenes totalitarios de la época. Aun así, no dejan de ser leyendas que han profundizado el encanto fantástico del lugar, rodeado de una larga, bella y casi virgen playa.
Playa de Cofete, Fuerteventura

La casa de los Winter, en Cofete, permanece en el imaginario colectivo de los majoreros como uno de los mayores enigmas de Fuerteventura y, mientras tanto, sus custodios viven entre unas ruinas que se desmoronan. Envuelta en la leyenda y protagonista de novela, decenas de turistas merodean cada día por los aledaños del palacete.
Un lugar para soñar y llenar la cabeza de mil fantasías imbuidas por hechos históricos reales, la casa de los Winter, hoy propiedad de Lopesan, se convierte en uno de los mayores enigmas que, en los últimos 50 años, han recreado en el pensamiento de los majoreros todo tipo de leyendas que, en la mayoría de los casos, rozan la inverosimilitud.
Desde bases submarinas en la costa, que conectan con la casa a través de túneles secretos, hasta prostíbulo para los oficiales alemanes durante la II Guerra Mundial, la casa de los Winter ha permanecido desde entonces en el imaginario colectivo como uno de los misterios mejor guardados de Fuerteventura.
Más allá de misterios y leyendas, la mansión de Cofete no es hoy más que una ruina romántica y desoladora en medio de la belleza del barlovento de Jandía, resguardada por el cuidado de Pepe, Rosa y Agustín Mato, tres hermanos herederos del trabajo de sus progenitores que, hace más de 30 años, emprendieron la tarea de guardianes del misterio de los Winter.
Cuentan los pobladores de la zona, que la casa de los Winter y sus terrenos colindantes, antiguamente propiedades de la condesa de Barcelona, pasaron a manos de los alemanes después de dejar en la estacada a los medianeros de la zona, que, desde tiempos inmemoriales, habían vivido generación tras generación de la agricultura y la ganadería, razón por la que esperaban alguna generosa y merecida concesión por parte de los acomodados propietarios, pero nada más lejos de la realidad.
Estremecedora imagen la de una mansión hecha añicos que todavía deja entrever la majestuosidad de antaño y la estirpe burguesa de sus inquilinos que, según los ancianos del pueblo, apenas utilizaban durante cortos periodos vacacionales, ya que la familia Winter en realidad vivía en Las Palmas. Amplios salones con terraza señorial, grandes hornos de cocina, un patio central espectacular y una torre que corona las mejores vistas de 14 largos kilómetros de arena blanca, terminan de conformar las características del edificio.

Ni siquiera el popular literato, Alberto Vázquez Figueroa, pudo resistir la tentación de escribir una novela sobre las historias que se vivieron entre los muros de este pequeño palacete. Todavía hoy, se cuentan por decenas los turistas que todos los días se acercan a esta vieja morada para intentar averiguar algún dato que corrobore las teorías fantásticas que se han ido forjando desde su construcción.
Y, mientras la leyenda sigue creciendo, sus ruinas se desmoronan bajo las miradas atentas de La Zarza y de Oreja de Asno.

Vida y leyenda de Gustav Winter.

Uno de los personajes más interesantes de la historia de Fuerteventura y de Canarias en el siglo XX, y quizá de toda su historia, fue el terrateniente alemán Gustav Winter. Para los servicios secretos británicos, se trataba de un espía nazi protegido por el franquismo; para los habitantes de la isla majorera, fue siempre don Gustavo 
el alemán.


Nacido en Zastler, cerca de Friburgo, el 10 de mayo de 1893, el joven Winter hizo sus primeros estudios en Hamburgo, pero su temperamento emprendedor lo llevó pronto a latitudes lejanas. En 1913 viaja a la Argentina y, a su vuelta en 1914, ya empezada la primera guerra mundial, los ingleses abordan en el Canal de la Mancha el barco en que viajaba, lo detienen y lo recluyen en un barco-prisión anclado en Portsmouth; es la primera vez que los servicios secretos ingleses lo consideran sospechoso de espionaje. En febrero de 1915 se evade, alcanzando a nado el buque neerlandés
Hollandia, y huye a España, donde residirá desde 1915. Cuenta su amigo Vicente Martínez una anécdota de esos momentos de su vida que dice mucho de su carácter: llegado a España, se dirigió a un consulado del Reino Unido y, aprovechando su perfecto dominio del inglés y la posibilidad de interpretar su apellido como anglosajón, se hizo pasar por ciudadano británico en apuros y consiguió una importante ayuda económica de aquellos de quienes acababa de escapar.

Establecido en la España neutral, trabaja en Vigo y Tarragona, completa sus estudios de ingeniería en Madrid en 1921 y pone en marcha varios proyectos de centrales termoeléctricas en Murcia, Tomelloso, Valencia, Zaragoza y la capital; luego se traslada a Las Palmas de Gran Canaria, donde entre 1924 y 1928 levanta la Compañía Insular Canaria Colonial de Electricidad y Riego y su central eléctrica Alfonso XIII en el barrio de Guanarteme (la popular CICER), inaugurada ese último año por el dictador Primo de Rivera.

El polifacético y un tanto misterioso ingeniero alemán hizo diversos viajes de estudios por Europa y navegó en su velero
Argo en sus ratos libres; en él visitó por primera vez Fuerteventura en los años treinta. Según su hijo Juan Miguel, “estuvo a punto de comprar Lobos [un islote al norte de Fuerteventura], pero finalmente se decidió por Jandía”.

Hasta ese momento, esta península meridional había permanecido a lo largo de los siglos como un apéndice ajeno al resto de la isla de Fuerteventura. En tiempos prehispánicos, han defendido algunos, un muro que hoy se atisba en algunos yacimientos arqueológicos a lo ancho del istmo de la Pared separaba dos reinos independientes, el de Maxorata y el de Jandía. Después de la conquista y desde los primeros tiempos del señorío, la península dependió siempre de los señores de Lanzarote, y no de los de Fuerteventura. Tras la abolición de los señoríos por las Cortes de Cádiz (1811), Jandía se integró en la división administrativa del estado y, por tanto, en el término municipal de Pájara, aunque ese mismo año el Consejo de Castilla reconoció el señorío de la península de Jandía a los marqueses de Lanzarote, condes de Santa Coloma y Cifuentes, Grandes de España. El propietario de Jandía, nunca visitó sus tierras, y para ejercer su dominio nombró un administrador en Canarias, que a su vez designó a un arrendatario en Jandía , que así continuó constituyendo una única y enorme finca conocida como Dehesa de Jandía: 18000 hectáreas de terreno que constituían la mayor propiedad rústica de Canarias en la época, un lugar por entonces casi desértico, aislado del progreso y de todo signo de civilización. 
Winter se decidió pronto a adquirir la península, aunque al principio no pudo sino alquilársela en Burgos a sus propietarios, los herederos del marqués de Lanzarote y conde de Santa Coloma, en julio de 1937, por estar vigente un decreto de Gil-Robles que prohibía la venta de terrenos a extranjeros. En abril de 1941 la empresa Dehesa de Jandía, S.A., cuyos capitalistas eran testaferros españoles a fin de poder efectuar la adquisición del inmenso territorio de forma legal, compra la península y nombra administrador único a Gustav Winter.



Así pues, Winter fue propietario de facto de la totalidad de la península de Jandía desde unos años antes de la segunda guerra mundial. En ella abriría con el tiempo unos cincuenta y dos pozos, con la ayuda del zahorí Eulogio Espinel. Repobló el pico de la Zarza con más de cien mil pinos canarios. Después del final de la guerra mundial, cuando el matrimonio Winter-Althaus regresó a Fuerteventura (en 1947), cultivó en Casas de Jorós tomates y alfalfa que exportaba por el puerto de Gran Tarajal, en el municipio de Tuineje, a unos cincuenta kilómetros al norte; y explotó el ganado caprino en el valle de Cofete con la mediación de más de cincuenta aparceros o, como se conocen en Fuerteventura, medianeros, lo que le permitió comercializar queso y lana de gran calidad en el mercado central de Las Palmas de Gran Canaria, donde mantenía un puesto de venta con la marca comercial de la sociedad que administraba, Dehesa de Jandía. A principios de los años 50, Winter llegó a ser propietario de una cabaña de siete mil cabezas, entre cabras y ovejas; en 1952 se hicieron en la península 32.000 quilos de queso. La mitad del producto era propiedad del terrateniente alemán, y la otra mitad de los medianeros, pero don Gustavo compraba a éstos su mitad para exportarla a Las Palmas en el pailebote Guanchinerfe, que hacía cabotaje entre las distintas islas del archipiélago.

Entre 1946 y 1950, según su familia, el alemán edificó la peculiar Villa Winter, un palacete, casi un castillo en el más alejado confín de la Península, Cofete. Así mismo tendió la carretera que aún hoy lleva desde La Pared hasta Cofete y es conocida como camino de los presos: ambos proyectos fueron llevados a cabo gracias a la obligada colaboración de los presos políticos que el régimen franquista recluía en el campo de concentración o Colonia de Vagos y Maleantes de Tefía, en el interior de la isla (después primer aeropuerto de la isla y colonia agrícola y penitenciaria, y hoy albergue y escuela taller del Cabildo Insular de Fuerteventura), y que fueron puestos a disposición de don Gustavo. La familia Winter Althaus nunca llegó a residir en la villa, sino en una finca que dominaba desde las alturas la localidad de Morro Jable, donde se la conocía como el caserío del alemán. Tuvo mucho que ver don Gustavo con el desarrollo de lo que en los años cincuenta no era más que una aldea de pescadores de no más de una cincuentena escasa de viviendas, con chiquillos correteando descalzos por las calles, analfabetismo, hambre, enfermedades olvidadas en otras latitudes todavía vigentes, plagas de langosta y absolutamente ningún servicio público por parte del estado. El médico y periodista grancanario Enrique Nácher describió muy bien el Morro Jable de aquella época en su novela Cerco de arena.
Habilitó el alemán, también en los años 40, un aeródromo muy cerca de la Punta del Faro de Jandía, apisonando una pista de tierra de 800 metros de largo y 75 de ancho que iban a usar aviones militares españoles a finales de los cuarenta como aeródromo de socorro y para transportar cazadores y pescadores al servicio de Winter, gran aficionado a la caza y la pesca; los habitantes de Jandía recuerdan con cierta suspicacia el ir y venir de militares españoles en los años cuarenta. Su hijo alega, sin embargo, que la pista la comenzó la empresa Protucasa, “que proyectaba la instalación de un aeroclub”. El aeródromo fue objeto de una investigación por parte del Jefe de la Zona Aérea de Canarias en 1950. Gustav Winter diseñó un plano a tal efecto y justificó la existencia de la pista por la posibilidad de solucionar evacuaciones debidas a urgencias médicas. Las explicaciones no satisficieron al mando aéreo militar y el uso de la pista fue prohibido; “Don Gustavo a partir de ese momento se ha de trasladar al nuevo aeropuerto de Los Estancos cada vez que tiene que viajar fuera de la isla”.
Sólo a partir de 1958 podrá Winter disponer libremente de su propiedad. El 5 de agosto de ese año se nacionalizó español con el nombre de Gustavo Winter Klingele, lo que le permitió por fin ser accionista mayoritario de la empresa Dehesa de Jandía. En 1962 dividió el enorme latifundio en lotes y se reservó la propiedad de casi 2.200 hectáreas del mejor terreno, que incluía Cofete y Morro Jable; según se dijo, como compensación por las mejoras introducidas en la propiedad.
A partir de 1964, los propietarios de los distintos lotes en que se había dividido la finca los irían parcelando y vendiendo; caería la verja del Istmo y comenzaría la época del turismo y la especulación en el municipio de Pájara. Ya en 1959, don Gustavo había expuesto en el hotel Metropole de Las Palmas una colección fotográfica sobre Jandía, y algo más tarde promovió la exhibición de un cortometraje propio y de la película Fuerteventura (1962), del realizador lanzaroteño David J. Nieves Cabrera, en el Museo Canario y también en Alemania. No descansó hasta que logró atraer empresarios alemanes a las costas de su isla. En 1965 impulsó el pueblito pescador del Puertito de la Cruz, al que pensaba dotar de muelle deportivo. Hoy es un poblado (casi uncamping) de vacaciones para canarios, al que aún no llega el asfalto y en el que un par de restaurantes son célebres en la isla por su caldo de pescado.
En 1966 se instalaba en El Matorral el primer hotel para alemanes, Casa Atlántica, construido por tres socios: los arquitectos Gustav Schütte y Manfred Henneken y el propietario de las aerolíneas Südflug, Rul Bückle, con la anuencia de don Gustavo, que había promovido personalmente los planes urbanísticos de Solana de Jandía y El Matorral: un hotel de 50 camas en un territorio sin agua ni luz eléctrica que en nada hacía prever que cuarenta años después Jandía sería uno de los destinos turísticos más visitados por los compatriotas de Winter. En 1968, los tres inversores alemanes iban a ser condecorados por el ministro español de Turismo, Manuel Fraga Iribarne. Al Casa Atlántica seguirían el Hotel Jandía Playa, los Apartamentos El Matorral y muchos otros. La península se iría desgajando en cientos de parcelas y la especulación más atroz haría de la antaño desértica costa de sotavento de Jandía un jardín de hormigón y asfalto, con la valiosa colaboración de los sucesivos equipos de gobierno municipales, pertenecientes a la formación nacionalista Asamblea Majorera entre 1979 y 2003. La Ley de Declaración de los Espacios Naturales de Canarias, de 1987, impidió que el desastre fuese completo y, por ejemplo, el valle de Cofete ha quedado al margen del desarrollo turístico.

Don Gustavo falleció en 1971 en Las Palmas de Gran Canaria, en cuyo cementerio fue inhumado. Hacia 1984, sus herederos vendieron las acciones de Dehesa de Jandía, S.A., y con ellas sus últimas fincas, a una empresa constructora de Las Palmas de Gran Canaria, Lopesán Asfaltos y Construcciones, S.A. Posteriormente se efectuaron reformas en la casa, se tapiaron sótanos y se encargó la custodia del también llamado chalet de Cofete a vigilantes privados con el fin de impedir las visitas de los curiosos. Finalmente, la familia Winter vendió la casa hacia 1997 a Lopesán, que aparentemente tiene el propósito de convertirla en un pequeño hotel, pese a hallarse enclavada hoy día en el corazón de un parque natural. El Cabildo Insular de Fuerteventura ha estado también interesado en la compra del palacete, pero esta operación nunca se ha materializado.


La leyenda negra de Gustav Winter.


Don Gustavo fue protagonista de una leyenda atractiva, aunque dudosamente acorde con la realidad. Según la misma, el magnífico palacete semifortificado que construyó Winter en el insólito y aislado paraje de Cofete –en medio de la nada– habría servido durante la segunda guerra mundial de lugar de descanso, refugio o avituallamiento para las tripulaciones de los submarinos alemanes, que además se habrían servido de la bahía de Ajuy, algunas millas al norte, como base natural. Que los alemanes de Jandía suministraban víveres a los submarinos alemanes en aguas canarias era especie que ya circulaba entre los militares destinados en Fuerteventura en los años cuarenta. También se ha supuesto que desde la torre de Villa Winter podría haberse orientado a submarinos o aviones alemanes en un lugar tan próximo al Puerto de la Luz (Las Palmas), y existe el testimonio, transmitido por el investigador Juan Pedro Martín Luzardo, de un expiloto británico de la RAF que aseguraba haber derribado sobre Cofete un avión alemán durante la segunda guerra mundial. Todo ello podría ser coherente con el aislamiento del lugar, con la disponibilidad de un equipo médico y de enfermería entonces único en la isla, con la aparente protección del régimen franquista y con la frecuente presencia de militares españoles en la casa, donde pasarían fines de semana so pretexto de cacerías. Se ha llegado incluso a conjeturar que la casa de Cofete habría sido concebida como el último refugio de Adolf Hitler y Eva Braun... No obstante, la casa fue construida a partir de 1946, según su familia y alguno de sus detractores (aunque fuentes británicas hablaron de 1940 y otros han hablado con mucha ligereza de finales de los años treinta), y que nunca llegase a ser habitada por los Winter, dicen sus hijos, se debió a que la mayor parte de la población de Jandía se mudó a vivir a Morro Jable, tras una sequía que imposibilitó la agricultura en el valle de Cofete y la apertura en el pueblo de la fábrica de salazones de Lloret y Llinares.
Diversos estudiosos han comentado el caso desde el punto de vista histórico. Para algunos parece claro que el ingeniero alemán actuó como intermediario entre el gobierno alemán y los inversores de su país. Winter habría atraído capital público y privado alemán para electrificación y construcción de un muelle, una fábrica de cemento, unas salinas y una factoría de conservas y harinas de pescado con una flota de once pesqueros que efectivamente compró; capital que, según el Foreign Office, pudo llegar a los 30 millones de pesetas y que la guerra civil y la segunda guerra mundial impidieron se pusiera en marcha; de modo que Winter hubo de dedicarse finalmente a la agricultura y la ganadería. El destino de estas inversiones estatales o paraestatales no parece claro sin una motivación estratégica, militar o no, aunque para su viuda la motivación fue puramente económica, dada la gran proximidad de los caladeros saharianos. Lo cierto es que ya en 1937 Winter había mostrado los planos de su proyecto industrial en Jandía al periodista Vicente Martínez en Las Palmas, y en 1938 visitó Fuerteventura con una pequeña expedición de expertos alemanes a bordo del barco Richard Ohlrogge para investigar la zona, hacer fotografías y trazar mapas de las costas.

La guerra mundial alejó a Gustav Winter de su finca en Fuerteventura durante unos años. Aunque no fue alistado por sobrepasar la edad reglamentaria, fue reclutado como ingeniero para la Marina de Guerra alemana. Según declaraciones de su viuda, por otro lado sin contrastar, entre 1940 y 1944 dirigió un astillero de submarinos de la armada en Burdeos; pero, cuando los alemanes se retiraron de Francia, abandonaron allí a Winter, que tuvo que refugiarse por segunda vez en España, huyendo en agosto de 1944 a San Sebastián y luego a Barcelona. En Madrid y en junio de 1945 la conocería a ella, su segunda mujer, Elisabeth Althaus. Para Winter, que tras la derrota de Hitler perdió sus propiedades en su país (una mina de carbón, una empresa de transportes fluviales en el Rhin y el Danubio y otras industrias), así como la oportunidad de levantar un emporio industrial en Jandía, la segunda guerra mundial fue un desastre que, no obstante, no iba a acabar con su espíritu creativo y laborioso. Posteriormente, su nombre apareció en una Lista de repatriaciónde espías alemanes residentes en España “con la protección de Franco” elaborada por los aliados al final de la segunda guerra mundial (1945), con el fin nunca satisfecho de reclamarlos y juzgarlos; en ella, de manera coincidente con la leyenda, Winter es descrito como “agente alemán en Canarias encargado de los puestos de observación, equipados con telefonía sin hilos, y del abastecimiento de los submarinos alemanes”. Sólo en 1947 permitieron los aliados que la familia Winter regresara a Canarias. En cualquier caso, la leyenda ha servido para argumentar varias novelas de intriga. También existen varios sitios y páginas web dedicados a la leyenda de la Villa Winter.
A principios de los sesenta visitó a Winter, por motivos profesionales, el ingeniero agrónomo Manuel Bermejo, quien con el transcurso de los años sería alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, entre otros cargos políticos, administrativos y docentes. Bermejo es testigo de cómo para entrar en Jandía era preciso identificarse ante el guardián que custodiaba la entrada de la alambrada de su propiedad y se comunicaba por radio con Winter en Morro Jable. El palmense resume bien las conjeturas que se han alimentado durante años acerca de la casa de los Winter:
En este paisaje de soledad absoluta, el encontrarse una casa enorme en medio de la playa, con sólidas paredes, muchas habitaciones, una cocina capaz para muchos comensales, unos sótanos amplísimos con instrumentos de música, sientes que es un elemento insólito, como un elemento extraterrestre que allí se ha depositado y que te crea una serie de interrogantes sobre su destino, ya que desde luego no es, ni puede ser, por sus dimensiones, el sitio de recreo y reposo de una familia.
Como tal, las interpretaciones de para qué servía, la posibilidad de vivir allí, sin que nadie en el mundo civilizado pueda tener conocimiento de tu existencia, la cercanía de un aeropuerto de tierra sito casi al extremo sur de Jandía y, por tanto, no lejos de ella, el aislamiento que creaba Winter con el control por radio a todo el que quería acceder a la península de Jandía, su dominio total de ella, la frecuencia de los hundimientos de mercantes aliados en el entorno de Canarias por submarinos alemanes, a cuya nacionalidad pertenecía Winter, el que hayan sido precisamente prisioneros políticos los que hicieron la carretera de acceso, son todos elementos que confluyen en una especulación mental, nada sé con certeza, que relacionan unas cosas con otras.


Recientemente se han publicado artículos que descalificaban la leyenda con razones de peso; entre ellos, una carta pública de uno de sus hijos, Gustavo Winter Althaus, y una entrevista con el hijo mayor del mismo matrimonio, Juan Miguel, empujado por la publicación de un libro del mencionado Martín Luzardo, en el que la figura de don Gustavo no sale muy bien parada: su autor afirma que Winter ejerció un dominio absoluto y explotador sobre los habitantes de la península de Jandía, a través de un reglamento que les imponía un régimen casi feudal.

Asegura el primogénito de Gustavo Winter e Isabel Althaus que su padre nunca se adhirió al nazismo, que compró Jandía con sus propios ahorros y que nunca pensó en construir una base militar: “sólo tenía en mente comenzar una nueva vida después de su segundo matrimonio con mi madre. Sólo adquirió la finca para vivir y la compró con su propio dinero, vendiendo incluso propiedades en Alemania.” Desmiente que Cofete fuera una base de submarinos alemanes: “Ni siquiera hoy es posible realizar ninguna maniobra en esta zona, y eso lo sabe cualquier persona que conoce la costa de barlovento de Jandía. El único combustible que encargaba mi padre era para su propio coche, que le traían en el
Guanchinerfe a Morro”. Por otra parte, ha sido suficientemente documentado que los submarinos alemanes repostaban abiertamente en los Puertos de la La Luz y de Santa Cruz de Tenerife, por lo que para nada necesitarían una base secreta donde, por otro lado, tan difícil resultaba obtener combustible.

Algunos han afirmado que Winter poco menos que esclavizaba a los campesinos, aunque los argumentos no sean muy contundentes:
[...] cuando a la señora Winter le apetecía dormir a las seis de la tarde, nos mandaba a todos a dormir. O si ella creía que habías hecho algo mal, dibujaba un círculo en la arena y te arrestaba en su interior por dos horas o dos días. Y tenías que permanecer en pie. Si no hacías lo que mandaba, avisaba a la pareja de la Guardia Civil para que te llevasen al cuartelillo.
No obstante, en el sur de Fuerteventura se recuerda muy bien el trato brutal que suponía el encierro en el cuartelillo de la Guardia Civil en los años cuarenta, cincuenta y sesenta.

La obra social de don Gustavo.

Frente a los detractores, Juan Miguel Winter recuerda que don Gustavo elaboró un reglamento no de disciplina, sino de convivencia y mero funcionamiento. La prueba está en que casi ninguna persona de Jandía emigró al entonces Sáhara español, que era lo frecuente en aquella época. Al contrario, mucha gente de otros municipios majoreros se instaló en Morro Jable porque allí don Gustavo
el alemán daba trabajo.
La gran labor social de Winter en Jandía y, en particular, en Morro Jable ha sido reconocida incluso por quienes lo critican: aportó suelo y fondos para el trazado y la construcción de la carretera general (años cuarenta); erigió la iglesia-escuela (1950); gestionó el traslado de un maestro por la Inspección de Enseñanza (1951); puso en marcha un comedor infantil donde su mujer se ocupaba de la alimentación de más de cuarenta hijos de medianeros, así como de su salud (1955); a través del Patronato Benéfico de Construcción Francisco Franco, donó 74.000 metros cuadrados para viviendas a los vecinos más necesitados de Morro Jable (terrenos que dieron lugar a unas doscientas cincuenta propiedades individuales y que hoy constituyen el trazado urbano principal y más céntrico de Morro Jable: las calles Nuestra Señora del Carmen, Senador Velázquez Cabrera, Maxorata, Avenida del Faro, etc.) y para grupos escolares y viviendas de los maestros (1966-69); y así mismo donó otros 85.000 metros cuadrados en distintos solares para locales del Instituto Social de la Marina, dependencias del Ayuntamiento de Pájara, ambulatorio, terrero de lucha canaria, parque infantil, centro cultural, casa del médico, central telefónica y central eléctrica (1970-1980). La existencia de carretera permitió que las autoridades, que hasta entonces jamás se habían ocupado de Jandía, empezaran a visitarla: el gobernador civil y el presidente de la Mancomunidad de Cabildos pasaron por MorroJable.

Trasunto de la figura de Winter fue, en efecto, don Otto Kleber, uno de los personajes más entrañables de la novela que escribió Enrique Nácher tras visitar Fuerteventura en los años 50. En ella describe así a su personaje:
El señor Kleber es un hombre cordial y generoso. Seguramente un hombre muy rico que conoció la vida en toda su intensidad. Ahora descansa tranquilo en Morro Jable y a lo largo de la carretera de cornisa que construyó a sus expensas se avanza en zig-zag bordeando la falda oriental de las montañas, sobre la inmensidad del Atlántico perdido en lejanías de azul intenso bajo la claridad permanente del sol.
[...]
Y al hablar de estas casas, de nuevo habrá que referirse al señor Kleber, puesto que tanto la iglesia como las casas del cura y la maestra fueron debidas a su filantropía. Poco es un Morro Jable perdido en el mundo, para que nadie se acuerde de costear edificios públicos. Pero si en esto aparece un verdadero rey, el país puede elevarse sobre la miseria ancestral y los súbditos empezar a vivir con la esperanza de una existencia mejor que estimula el esfuerzo de cada día.
Evidentemente, para Nácher era Winter una de esas figuras providenciales que regalan al pueblo su filantropía, aunque sin necesidad de que ese mismo pueblo tome responsabilidades sobre su propio destino.



También Dolores Sebastiana Suárez López, que fue practicanta y ATS en Tuineje y Pájara en los años cincuenta y sesenta, tiene buen recuerdo de este personaje que, según ella, tanto benefició a Jandía y, en general, al sur de Fuerteventura. Según recuerda, en la casa de don Gustavo en Morro Jable obraba un completo equipo médico y de enfermería, que en muchas ocasiones sirvió para aliviar sufrimientos y enfermedades de los habitantes del Morro y de toda la comarca. De doña Isabel Althaus queda entre los habitantes de Jandía memoria de su gran belleza nórdica y de unas largas trenzas rubias atada a lo alto de la cabeza.

Gustav Winter desapareció hace más de treinta años, después de habitar el extremo más despoblado de las Canarias durante otros treinta. Su secreto, si lo hubo, sigue sin desvelar, y en Jandía la población sigue creyendo en la existencia de túneles subterráneos que conducen desde los sótanos de Villa Winter hasta el mar. Fuese o no un espía al servicio de Hitler, la leyenda de don Gustavo goza a día de hoy de una salud óptima.

(Publicado en
Historia 16, abril y mayo de 2005)